Las Revoluciones de Lola

Ya no puedo retrasarlo más se dijo Lola entre dientes. Mañana con ganas o sin ellas, más bien sin ellas de seguro, toca la generala en la cocina.

Se fue al Super para recopilar todo lo necesario en este menester. Metió en el carro: el quita grasas más suavito para el extractor y la freidora; el otro, el fortachón, para las losas de debajo del extractor; el limpia cristales; el estropajo de aluminio; el verde porque con ese se extiende más fácil la espuma; la lejía, el recambio de cuchilla para la vitrocerámica, los rollos de papel, la fregona, el limpiador de pino para el suelo, el de madera para los muebles, el limpiajuntas y una bolsita de paño de los amarillos que enjuagan bien y se ahorra tiempo al no tener que bajar demasiadas veces de la escalera para cambiar el agua. Ya está, de todo lo demás, tengo…

Y manos a la obra. En cuanto se fueron todos de casa… Al lío.

A eso de las siete y media de la tarde Lola acabó de limpiar la cocina. Ya sabemos que se lleva casi todo un día. Todo estaba colocado en su sitio y se quedó disfrutando el resultado mientras se negaba a oir la revolución de su estómago que le recriminaba que no había parado para comer.

Ella disfrutaba del resultado. Encendió la luz y se fijó que hasta parecía que deba más luz la lámpara recién fregada. El extractor estaba reluciente, las cortinas… estaban tan blancas que eran dignas del mejor anuncio de detergentes. Las banquetas impolutas sin esas manchas negras de los zapatos. De la neblina de grasa en los cristales que separan la cocina de la terraza del lavadero ni rastro, de la placa ni hablemos y las losas tan brillantes que se reflejaba en ellos. Miró el zócalo de mármol y lo amenazó… Esta es la última vez que de ti saco serrín. ¿Cómo puedes tener tanto serrín si ya hace cinco años que me montaron la cocina? El fregadero sin cal, la encimera brillante… Y Lola revisando y disfrutando el resultado.

Se sentó cinco minutos y enseguida se acercó al frigorífico a por los tomates. A Miguel le encantan los tomates fritos naturales no de lata.

Su estómago continuaba en su revolución y todo su cuerpo se alió en revoluciones. Lola mientras toqueteaba con la espumadera en la sartén a ritmo de la bien pagá para deshacer los tomates sentía la revolución de sus piernas, de sus manos, de su espalda, de sus hombros, de sus cervicales, de… Eso mañana. Andaba con el paño amarillo desluciendo la verbena que se había montado por las salpicaduras. Lola, eso mañana se decía. Tus revoluciones mañana. Mañana Lola, mañana. Y si no: mañana, mañana, mañana, mañana, mañana, mañana, mañana.
Tus revoluciones siempre en mañana.

Manuela Casal Alba

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