Lenguaje Coeducativo

La primera reflexión que habría que plantearse, como premisa o como punto de partida, es si el lenguaje en sí mismo es o no sexista, machista para más señas. Esto es, independientemente del uso que se haga de él, que eso sería otra cuestión. La pregunta no gira en torno al uso del lenguaje sino al lenguaje mismo. Lo que más o menos vendría a ser lo mismo que preguntarse si un trozo de mármol es una buena obra de arte o si un cuchillo de cocina es un asesino.

Lo convencional, lo fácil y lo políticamente correcto, parece ser, es decir que el lenguaje sí es sexista, que sí es machista, para lo que no se necesita ningún argumento, ninguna justificación ni ninguna reflexión. Más aún, si la actual ministra de igualdad, convirtiendo un claro desliz en un principio de actuación, plantea la cuestión de si un término como “miembra”, el famoso “miembra”, debería incluirse en el diccionario. Esa cuestión, como recordarán, no se quedó en una mera anécdota, propiciada por los intentos de buscar un lenguaje igualitario e integrador, sino que en el empeño de la ministra de sostenella y no enmendalla, trascendió a los foros de debate en radios y televisiones y a las columnas de los periódicos, espacios muy frecuentemente habitados por esa especie de clase social, subgénero de “maestros liendre”, que son los tertulianos y acaparadores de opinión, estén o no autorizados, y tengan o no formación en las materias sobre las que debaten. Por suerte, no son ni los políticos en su condición de políticos ni los periodistas como periodistas los encargados de establecer el lenguaje, ni de hacerlo avanzar ni de incluir o eliminar palabras. De eso se encargan los usuarios de la lengua, el uso continuado y extendido de un término, la pura lógica que impone la necesidad del colectivo de hablantes de una lengua y, sobre todo, la realidad que los usuarios tienen ante sus ojos. Y de todo ello, la Real Academia de la Lengua, con la autoridad que le corresponde, se hace eco cuando corresponde. Que cualquiera tenga derecho a decir lo que quiera, es cierto. Pero no es menos cierto que existen unas reglas y que por una pura cuestión de solidaridad en la intercomunicación debemos respetar.

La lengua, el español en este caso, o castellano, tiene una serie de mecanismos de funcionamiento. Eso no lo ha inventado nadie. Esos mecanismos vienen dados por la tradición, por la evolución y por la propia historia de la lengua. En español hay palabras que son de género masculino y palabras que son de género femenino. No sé en qué proporción hay de un género o de otro, no me he parado a contarlas, la verdad. Supongo, es sólo una suposición, que en español hay más palabras de género masculino que femenino porque, al proceder del latín, la gran mayoría de las palabras de género neutro del latín evolucionaron hacia la misma terminación (en -o) que las masculinas. El género de una palabra no es más que un accidente (un accidente gramatical), que, como diría Alex Grijelmo, no tiene consecuencias graves[1]. Al menos para la lengua misma. Y es tan accidental el género, que es imposible deducir si una palabra española como altramuz es masculina o femenina. El género no se puede deducir, no se puede pensar ni razonar. Se sabe o no se sabe, y si no se sabe, se consulta en el diccionario, un ejercicio que está en desuso pero que es muy recomendable. Quien se haya enfrentado al estudio de un idioma como el alemán podrá comprender fácilmente lo que digo. Una palabra, un ejemplo, por no extenderme demasiado, como Tisch, mesa, es masculina para un germano y quien estudia alemán no sólo tiene que estudiar el significado de la palabra, sino el género.

A lo largo de la historia de la Lingüística se ha intentado formular teorías sobre el género. De hecho las hay, pero ninguna de ellas ha sido capaz de dar respuestas válidas y no emplear tantos esfuerzos en explicar la generalidad como en detallar las excepciones. Los lingüistas, los estudiosos autorizados e independientes, coinciden en que el género es una convención. Y la convención no hace sino reflejar la forma en que cada comunidad de hablantes ve el mundo que les rodea. Los hablantes de español de la península decimos “el ordenador” para referirnos a las máquinas que están en las mesas de estudio y en las oficinas. Los hablantes de español de América Latina llaman a la misma máquina “la computadora”. Yo, por mi parte y como primera conclusión, exculpo al lenguaje de toda acusación de sexismo.

Otra cosa distinta es el uso que los hablantes de una lengua le den a esa lengua. Otra cosa es que por muchas razones, históricas, religiosas, sociales, culturales… se hayan establecido fórmulas y expresiones que tiendan a ensalzar a un sexo, el masculino, sobre el otro, el femenino y que esas expresiones se hayan enquistado en la lengua y se usen, unas veces conscientemente, lo que está mal, y otras inconscientemente, lo que está peor. Ese uso sexista de la lengua no sólo lo hay en el español, sino en todas las lenguas. Incluso en el inglés, que es un idioma que carece de género. Porque el sexismo es una cuestión de sexo y no de género, aunque, y ahí radica gran parte del problema y al mismo tiempo de la solución, generalmente se hayan confundido ambos conceptos. Sólo sabiendo esto, que una cosa es el sexo y otra es el género, la ministra de igualdad, y mucha más gente, podría descansar un poco más tranquila, aceptar sus deslices e incluso reírse de ellos.

El uso sexista del lenguaje pasó desapercibido durante una grandísima parte de la historia. No es hasta la década de los ochenta del siglo pasado en que se detectan estos usos incorrectos o inconvenientes, y hacia la mitad de esa década los movimientos feministas empiezan a crear estrategias para combatirlo. Lo primero fue enfrentarse a una regla lingüística universal como es la de la oposición binaria en la que el término no marcado engloba al término positivo, siendo la forma masculina el término no marcado en una oposición de género. Actualmente, en los últimos años, se ha tomado conciencia de los inconvenientes y de las carencias de aquellas primeras recomendaciones[2]. Dicho de otra manera, la lengua ha impuesto su propia lógica. No se puede hipotecar ni la precisión del mensaje que se quiere dar cuando se habla o se escribe, ni un mínimo respeto al rigor no sólo lingüístico, que también, sino estilístico, el mínimo que se requiere para hacer un discurso fluido y sin continuos tropiezos. Duplicar el género (amigos/amigas, compañeros/compañeras, ciudadanos/ciudadanas…) es una solución que se acepta como parte de un proceso, porque va en contra de una norma general y superior de la lengua como es la economía lingüística. Eso, que es algo, una conquista importante, sin duda, y que ha calado en buena parte de la sociedad, no puede ser, sin embargo, el mayor logro que haya alcanzado la lengua para erradicar un uso sexista del lenguaje. Esa no puede ser la mayor victoria. Sería demasiado pobre y demasiado poco. Mucho menos, insertar la arroba al final de cada adjetivo, lo que es una aberración y convierte cualquier escrito o circular en un tratado frío y sin alma como la informática. Todo esto no quiere decir sino que aún estamos en el camino. No hemos llegado al final. La lengua, la lengua española, es lo suficientemente rica como para ofrecer otras posibilidades y desde luego, el pensamiento del ser humano es capaz de mucho más y la realidad que en nuestros días tenemos ante nuestros ojos es mucho más rica y mas compleja que la de hace unas décadas. Y sobre todo, lo más importante, es que la conciencia de que la sociedad la formamos todos y todas tiene que impulsar a crear un lenguaje integrador y no sólo por tener palabras que no discriminen, sino porque sea reflejo de una sociedad realmente integradora, puesto que el lenguaje lo que viene a hacer es reflejar la realidad, ponerle palabras a la realidad. El idioma evolucionará al mismo tiempo que evolucionen las necesidades de la sociedad. Si hay que reinventar el lenguaje se reinventa, si hay que dinamitar fórmulas caducas se dinamitan. Sin complejos y sin contemplaciones.

La educación tiene aquí mucho que decir. De sistemas tradicionales en que los chicos y las chicas estudiaban por separado, cada uno con sus valores, cada uno con miras a su mundo, a un mundo separado del otro, se pasó a una educación mixta. El gran problema de la primera educación mixta, que no lo fue en su época sino ahora, con la perspectiva de los años, fue precisamente que las chicas venían a sumarse al modelo masculino, lo que venía a ser casi peor puesto que no se las integraba, sino que eran absorbidas por ese modelo. Era como decir: todos somos iguales, pero iguales que éstos de aquí. La Coeducación propone un paso más, un paso más del camino, pues parte de la realidad de dos sexos diferentes, busca un desarrollo personal dentro de la comunidad y contempla la construcción de una sociedad común, transversal y no enfrentada. El gran avance de la Coeducación radica en haber reivindicado la diferencia y no la uniformidad, en potenciar la integración, en impulsar el reconocimiento de las diferencias frente al rancio “todos somos iguales” que, por lo demás, nadie se creyó nunca.

La lengua, el lenguaje coeducativo, está obligado a buscar términos integradores, como decíamos antes, conceptos que impliquen una igualdad real con reconocimiento de la multiplicidad, de la diversidad, y no la simple adición de dos sexos como si fueran dos elementos ajenos entre sí y pertenecientes a sociedades distintas. Ese es el reto, que no es poco. Y de eso, el lenguaje tiene que hacerse eco, para lo que está de sobras preparado.

José Antonio Ureba


[1] Alex Grijelmo. La Gramática Descomplicada. Taurus, 2006.

[2] García Meserguer, Álvaro. 2003. El español, una lengua no sexista. Modelo de Equidad de Género. Edit. Instituto Jalisciense de las Mujeres.

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Pluralidad y Lenguaje

Lo primero a que nos lleva la mente cuando se plantea el tema de la pluralidad desde el punto de vista filológico es a una fórmula convencional, heredada precisamente del uso del lenguaje. La Pluralidad Lingüística, es decir, ese fenómeno de determinados lugares geográficos y/o políticos en los que coexisten dos o más lenguas. Este fenómeno suele ocurrir en zonas fronterizas, en las que por razones obvias, los habitantes de esas zonas comparten las lenguas de un lado y de otro, independientemente de que se tenga sólo una de esas lenguas como materna. Y también ocurre en territorios que se pueden denominar históricos, aunque sean pertenecientes a una entidad estatal superior. Estos territorios poseen una lengua propia que coexiste de manera oficial con otra lengua, también oficial, y mayoritaria. Mayoritaria en un sentido estrictamente cuantitativo, es decir, en lo que al número de usuarios, de hablantes de esa lengua se refiere, pues no hay una lengua que sea superior a otra, no hay una lengua que sea más perfecta que otra y no hay una lengua que sea mejor, en definitiva, que otra. Cualquiera que se haya enfrentado al estudio de varios idiomas sabe que todos ellos tienen un grado de dificultad similar para su aprendizaje. Dicho de otra manera, y en contra de lo que pueda parecer, para un castellano parlante es más o menos igual de difícil aprender italiano, pese a las semejanzas, que aprender ruso, pese a las aparentes lejanías, incluidas las gráficas.
Territorios de los que hemos denominado históricos con lenguas propias tenemos en España los casos de Galicia, País Vasco, Cataluña o País Valenciano. El euskera es un caso especial, no sólo por vasco, sino por muchas otras razones. El euskera se ha mantenido a pesar de las muchas amenazas históricas, desde la entrada de los romanos en la península, e incluso desde mucho antes, hasta nuestros días, su propia esencia, lo que conlleva también un oscuro pasado que lo convierte en una de las pocas lenguas del mundo digamos civilizado de la que se desconocen sus orígenes.
De los primeros años ochenta, del colegio, recuerdo que decían que el gallego, el catalán y (¡qué barbaridad!) el euskera, entonces se llamaba vascuence, eran dialectos del castellano. Del valenciano se hablaba menos, tal vez porque existía menos conciencia de identidad valenciana o tal vez porque la realidad valenciana fuese menor de lo que es ahora. Pero esta definición de estos idiomas como dialectos del castellano es rotundamente falsa por mucho que se quisiera entonces argumentar con la autoridad de las sotanas o de los hábitos. Seguramente fuera más una herencia de la dictadura franquista (mucho más reciente a principio de los ochenta que ahora… digo yo), en la que se cometieron verdaderas aberraciones contra el euskera y el catalán fundamentalmente, o mejor dicho, fundamentalistamente. No es cierto en absoluto que ningún otro idioma del Estado español sea dialecto del castellano. Tanto el gallego como el catalán, el valenciano y el euskera son lenguas, digamos, de pleno derecho, idiomas que están al mismo nivel que el castellano, y salvo el euskera, cuyos orígenes son, como digo, oscuros, los otros son lenguas romances, evoluciones de una misma lengua madre, el latín, igual que lo son el italiano, el francés, el portugués, el rumano, el castellano y otros muchos.

La lengua se ha utilizado interesadamente como un mecanismo para ejercer el poder. Y no sólo el poder político.
En la antigua Roma, la élite intelectual, prima hermana entonces, como ahora, de la élite social, se distinguía por el uso y el dominio de la lengua griega. Saber griego revestía al romano de la dignidad de la sabiduría y le daba acceso directo a un buen número de libros sobre filosofía, política, ciencia, poética, o a obras literarias. Los mismos griegos, por su parte, cuando inventaron la democracia, fomentaron indirectamente el uso de la lengua, y propiciaron que quienes mejor dominaban la lengua, más posibilidad tuvieran para acercarse al poder.
En la Edad Media europea, el conocimiento de latín era señal de la santa sabiduría. En una época en la que el verdadero poder era el de la teología, cuando Dios hablaba sólo en latín y en latín dictaba las leyes divinas y los reglamentos humanos, el dominio de ese idioma ponía al hombre, al que lo supiera, en una situación de superioridad que le servía para dominar al populacho, para acosarlo con un sinfín de miedos morales, para atemorizarlos con las llamas del fuego eterno en la otra vida, y, de paso, también en ésta, encendiendo demasiado de vez en cuando hogueras en muchas plazas de muchas ciudades de Europa.
En nuestros días, es el inglés el idioma “ecuménico”. Quien no se maneja con el inglés, quien no lo domina aunque sea mínimamente es poco menos que un analfabeto no ya en ingeniería, en investigación o en tecnología, sino en el más cotidiano y doméstico uso de internet o de la informática.
Cuando los españoles llegaron a América y decidieron unilateralmente que tenían que redimir a los indígenas de sus muchos pecados (pecados que sólo existían en la mente de los propios españoles, por cierto), lo hicieron imponiendo nuestra lengua, entre otras razones, porque, según el arzobispo Lorenzana, Dios que hasta poco antes sólo hablaba latín, ya había aprendido castellano y era una falta de respeto dirigirse a él en las lenguas indígenas.
Si hay un ejemplo claro de que la lengua es un mecanismo de poder, ése es el latín. Roma extendió su imperio imponiendo su idioma. No lo hizo con una moneda única, ni con unos mismos dioses en Hispania y en Bretaña, o en la Galia y en Mauritania. Lo hizo con una misma lengua. Y le sirvió. Sólo que por un tiempo. La misma historia de Roma nos tranquiliza en este sentido. El poder, por mucho que quiera, no es capaz de hacer en la lengua o con la lengua nada que la lengua no se deje hacer, como afirma el profesor García Calvo. La lengua, el lenguaje, el idioma, es propiedad de quienes lo usan. La fragmentación del Imperio Romano supuso la fragmentación del latín en las lenguas romances, gallego y catalán incluidos, repito. O viceversa. La toma de conciencia de la identidad de cada territorio de un imperio que era demasiado extenso y ambicioso, cuando los habitantes de ese imperio empezaron a hablar mal el latín y mejor el español, el italiano o el francés, contribuyó a su manera a la caída del Imperio Romano.
Cuando los españoles volvían de América, traían nuevos productos como la patata, el cacao, el tomate o la hamaca. Pero no sólo traían esos productos y esos objetos. Los traían con las mismas palabras que se decían allí, porque si una cosa tiene la lengua es que siempre va acompañada de la realidad a la que se refiere, y si una cosa tiene la realidad es que necesita una palabra para manifestarse.
Afortunadamente, la lengua está muy por encima de quienes quieren apropiarse de ella y si la pluralidad lingüística supone una riqueza o un conflicto, y si vale la pena realmente plantearse esto, sólo es cuestión de tiempo que se resuelva. La propia lengua lo resolverá y no los poderes políticos o las imposiciones interesadas ni de las mayorías ni tampoco de las minorías, no lo olvidemos, pues tanto unos como otros tienen sus intereses. Si se consiguiera despolitizar el asunto, si a la lengua se le concediera la misma libertad que merecen quienes la usan, el conflicto, que es un conflicto interesado por parte de los sectores más conservadores, que no sé qué quieren conservar, el conflicto, digo, quedaría resuelto para beneficio del hablante. No lo pasemos por alto: contra las embestidas de la peor globalización, la que pretende hacer uno de todos, la que quiere uniformarnos en todos los sentidos, las diferentes lenguas o, lo que es lo mismo, las diferentes culturas, ofrecen una defensa insalvable, si no para una batalla, sí para la guerra final, hablando en términos bélicos.

No nos centremos sólo en el conocimiento o el uso de varias lenguas por parte de una misma persona, no todo el mundo tiene el privilegio de nacer en uno de esos territorios fronterizos o históricos de los que hablábamos antes, o no todo el mundo acude a academias de idiomas. La pluralidad de la lengua es otra cosa, es mucho más que la pluralidad lingüística. Y la lengua es plural porque la usan los hombres y las mujeres. Un número finito y delimitado de palabras, las que contiene el diccionario de cualquier idioma, diez mil, veinte mil, ochenta mil, las que sean, ofrecen la posibilidad de acceder a un universo infinito. Porque el lenguaje no sólo es un sistema de comunicación o un medio para transmitir mensajes, verdaderos o falsos (parafraseando a Celaya, diríamos que el lenguaje es un arma), sino que es una forma de comprender el universo y también de acceder a él. Con el hombre en medio, con el hombre como distribuidor y como eje del lenguaje, por quien pasa la realidad material que contempla fuera, los pensamientos que le llegan de otras personas, los sentimientos, y también por quien pasa todo el mundo interior, sus propios pensamientos y sus propios sentimientos que necesita transmitir y comunicar. Todo ello, a través de palabras y por medio de palabras. Palabras propias y también palabras para la comunidad y palabras heredadas de la comunidad. Cuando una palabra, una expresión, un pensamiento, pasa por una persona, la palabra o el pensamiento engordan y el hombre se adueña de lo que ya es suyo.
La lengua, el lenguaje, es el pilar de la cultura, entendiendo aquí por cultura, la forma como se percibe y se entiende la vida. Las pinturas rupestres nos enseñan la vida de los hombres de aquel tiempo, las inscripciones de Pompeya son el mejor manual sociológico que nos ha llegado de la época. Los mecanismos de cada lengua son un espejo donde se refleja la identidad de las comunidades que la hablan. Para nuestra cultura, en nuestro idioma, el sol es un astro que se dice en masculino y la luna en femenino. No hay que irse muy lejos para encontrar una cultura en la que eso se concibe de una manera completamente distinta. Los alemanes, también europeos y también occidentales, dicen la luna en masculino y el sol en femenino. Conozco a gente que no ve en esa diferencia lingüística una diferencia de cultura, y que no comprende que esa es una forma distinta y no contraria de decir su realidad, de posicionarse, de comprender su universo y de comprenderse de paso a sí mismos. Conozco a gente que afirma que los alemanes dicen el género del sol y la luna “al revés”, dando por hecho que la forma correcta es la nuestra, sin tener en consideración la existencia de otros mecanismos o de otras lógicas lingüísticas. Por suerte, pasó lo que pasó con la patata, la hamaca, el cacao, el maíz, el cacahuete y otras muchísimas palabras de los indígenas americanos que hoy usamos sin saber siquiera que no son nuestras desde el origen sino por el uso que hacemos de ellas, lo que, por lo demás, nos legitima igualmente para usarlas.
La lengua, y no sólo los idiomas, por lo tanto, que es un privilegio del ser humano, que es su inteligencia, abre al hombre la posibilidad de lo infinito, de lo plural.
Ser plural es una cualidad del ser humano. Heráclito sentenció que el hombre no se baña dos veces en el mismo río, porque el agua que pasa una vez es distinta de la que pasó antes y de la que pasará después. Pero Jorge Luis Borges, el maestro argentino, fue un poco más allá. A Borges le importaba más el hombre que el río, lo que como premisa supone un acierto, aunque pese al ecologismo. Borges dijo que el hombre no se baña dos veces en el mismo río porque es el hombre el que cambia. Heráclito habló de la diversidad, que es una cualidad de los objetos y Borges habló de la pluralidad, que es una cualidad del ser humano.

José Antonio Ureba