Divagaciones sobre el Destierro en Nuestros Días

Se halla mi casa en el ecuador de Cádiz. En ese punto en que el centro histórico está cerca y, a la vez, puedes huir en un salto a los extramuros donde todo ese mundo añejo resulta algo foráneo y puede ser cuestionado. Tiene mi casa un callejón fantasma que no aparece en los PGOUS, ni habidos ni por haber. Por no tener no tiene ni dirección real, sólo una especie de apodo que se aprenden los carteros, como cuando la secreta pregunta por el “pupitas”, o cualquier otro alias que te ayude a encontrar a un personaje de quien todo el mundo desconoce su verdadero nombre. Esta circunstancia tiene sus desventajas, sobre todo cuando de pedir una pizza a domicilio se trata, o incluso cuando en las bases de datos de la Administración no se han diseñado espacios para señas tan inclasificables. Pero en cambio poseo el privilegio de no ser encontrada si no quiero, para que el pájaro que coloco cada día en mi ventana, el resuello de mi perra, cálida y tranquila; el olor del estofado de mi vecina de enfrente, la vista inédita de un edificio centenario… sigan suponiendo mi mundo insólito. Como se dice ahora “virtual”, sólo que sin virtudes computerizadas.
Como toda adolescente inquieta, me la pasé haciendo planes para salir de aquí y soñaba con un mundo encapsulado que yo entendía mi libertad. Y pude y tuve que vivir en una calle con un solo nombre y número; una carretera que cruzar, y donde no tener que andar más de veinte minutos para comprar un cuaderno o un libro. O la pieza de la olla exprés. Ahora que dormito como Ulises en su cuarentena. Adoro este espacio inexistente, desde donde pudo contemplar el resto de mi vida pasada, y desde donde no concibo un futuro que me aleje de esta gloriosa madriguera.
Sin embargo, aquí estoy, apurando cada brizna del polvo que supuran mis muebles por mucho que los limpie a diario; acompañada del murmullo de las polillas que, como yo, se han ganado el derecho de no pensar ni existir en otros huecos. Aquí estoy desentrañando al resto del mundo sin ser importunada; cautivada por el amor de mis amigos, únicos conocedores de la contraseña para entrar en mi alma, y oteando apenas con desprecio a los que nunca supieron pronunciar mi nombre.
Yo, como todos los seres de la tierra, riego mis plantas con el mimo de quien disfruta de una simbiosis clave con la naturaleza de la que formo parte, y con el derecho de retroceder desde el pretendido mundo real, donde la farsa se viste de lo cotidiano.
Y aquí estoy, repito, intentando a proeza de comprimir en mi equipaje lo que me corresponde por derecho propio, porque soy una expatriada. Tengo que irme a trabajar a Cartagena.

Johana Ortega

Anúnciate aquí