El Asociacionismo para las Mujeres

El asociacionismo, como movimiento social organizado que trata de conseguir unos fines concretos, es especialmente relevante para las mujeres. Todas las personas, al margen de nuestro género, pertenecemos a grupos de diverso tipo: primarios (pequeños con alto grado de intimidad como la familia) y secundarios (más grandes en los que desenvolvemos la vida social como la escuela, la empresa…) ; de pertenencia (asignados por el nacimiento) y de referencia (elegidos voluntariamente); formales (grupos de acción social) e informales (pandilla). Es decir, pertenecemos a estructuras vivenciales colectivas en las que nos comunicamos y desarrollamos nuestra vida. Sin embargo, para las mujeres esta pertenencia no ha sido siempre posible, al menos en la diversidad y en el grado del que han disfrutado los hombres. A lo largo de la historia las estructuras colectivas en las que se han incluido han sido básicamente la familia, la iglesia y tangencialmente los grupos en relación con otros miembros de su familia.

Las razones de tan exigua posibilidad de participación grupal tienen un componente histórico, las mujeres han sido consideradas ciudadanas de segunda clase, incompletas y dependientes, invisibles e inferiores debido a la ideología dominante en todo el mundo: el androcentrismo patriarcal. Esto ha conllevado que durante siglos sus tareas hayan sido de servicio no reconocido, que hayan sido sometidas a privaciones materiales, que hayan padecido prohibiciones explícitas de conductas y actitudes permitidas a los varones, que hayan sido víctimas de la falta de oportunidades de formación y de libre elección de su futuro, que hayan sido aisladas socialmente y que, por tanto, no hayan tenido representación de género en los distintos ámbitos de poder.

Ante esta discriminación histórica ¿tenemos motivos para valorar especialmente la aparición del asociacionismo femenino? ¿no es enormemente positivo que surjan estructuras colectivas con tareas específicas, que se marquen objetivos para cubrir necesidades, resolver problemas y satisfacer intereses específicamente femeninos? ¿no es relevante que generen liderazgos representativos que contribuyan a la democratización de la sociedad?

El asociacionismo femenino en España comienza en 1918 y parte de mujeres de clase media con conciencia feminista que querían independencia económica e igualdad jurídica para las mujeres (Asociación Nacional de Mujeres Españolas, Unión de Mujeres de España, Acción Católica, Agrupación Femenina del Partido Socialista) y cuyas acciones solían ser jornadas filantrópicas, sesiones educativas, movilizaciones, propaganda, ponencias, conferencias, mítines… El devenir histórico que culminó con la democracia en nuestro país ha permitido que las asociaciones y colectivos de mujeres amplíen sus expectativas y objetivos. En la actualidad las personas que participan en ellos pueden expresar sus opiniones, plantear sus demandas, preocupaciones y necesidades, resolver sus problemas colectivos, reclamar sus derechos, en definitiva, tener iniciativa para desarrollar actividades que transformen su realidad.

La historia del asociacionismo femenino es la historia de la visibilidad y presencia de las mujeres y su inclusión real en la sociedad. Hoy las mujeres tienen claro que asociarse es participar (según Nuria Varela se contabilizan más de 5.000 asociaciones de mujeres en todas las comunidades autónomas) y que esto significa QUERER, SABER Y PODER: querer participar, encontrar la motivación para hacerlo; saber participar, formarse para ello y poder participar, es decir, organizarse para hacerlo.

El proceso de organización es un período de aprendizaje, de información, de comunicación, de crecimiento y de aportaciones a la paridad anhelada por todas y todos los que creemos en la justicia social y en la democracia real.

Victoria Borrell Velasco

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