Generación Perdida

Mi madre tiene los ojos grises, como cálidos nubarrones de una tormenta de verano. En ellos, se aprecia una humedad condensada del tipo que sólo otorga la vida, cuando se ha vivido, cuando se ha vivido y te ha fallado, y un haz de luz adolescente, que atraviesa, ríe y se conforma, pero que no acepta.

Mi madre tiene los ojos grises, y como muchas de sus contemporáneas en una familia de 12 hermanos trabajó desde joven, la mayoría del tiempo en la fábrica de tabaco, de ahí mi habilidad innata en lo etéreo para darle vueltas a las cosas, y en lo tangible para liar cigarrillos. Como muchas, aparcó su carrera laboral en un desguace que a menudo ha lamentado con el paso del tiempo y la aparición constante del fantasma de la dependencia. Y como tiene los ojos grises, en su afán porque la historia no se repitiera con sus dos descendientes, por aquello del género, género femenino por supuesto, confundió en su paleta de tonos grises lo pernicioso de ciertas aptitudes, que no actitudes, como no convenientes, anulando todo aquello que los estereotipos a través de los medios y los roles heredados atribuían al género femenino.

Para mi madre, no era factible que sus hijas quisieran ser princesas, ¿princesas a cuenta de qué? ¿para ser retiradas en un castillo?, con lo que cuesta limpiar eso!, y que a últimas, puede ser naipes!

Por ello, mi madre desde sus ojos grises, decidió que los trabajos que se corresponden con el hogar eran ingratos e inútiles para sus hijas que quería que se comieran el mundo, y todo lo que las distrajese de estudiar para ello, algo prescindible, lo que me llevó por un lado en la fase de adolescencia, a aprender todo lo relativo a maquillaje y ropa a través de revistas de quinceañeras cuya lectura nunca admitiré en público, y por otro, a partir de los 18 cuando abandoné el nido, a otro tipo de dependencia, no económica, ni de un hombre por su puesto, pero sí de las ofertas del telepizza, y de la publicidad, que provoca que bajo la cocina cuente con una despensa con más de 20 productos de limpieza, que probablemente tengan la misma composición y sirvan para lo mismo. Me preparó para todo, a disfrutar de estar sola, a no tenerle miedo a nada, y lo hizo desde sus ojos grises, aunque no me preparara para la supervivencia y aunque se le escapara que el euribor dibuja un mundo hecho para dos, y he ahí el descenso de los divorcios express con la crisis.

Y como iba diciendo, al abandonar el nido, para en principio ir a la Universidad, me di cuenta, de que mi caso no era el único, ni mucho menos. Existe una generación de mujeres que provienen de hogares de clase media, en la que me incluyo, una generación perdida, y digo perdida porque en cierto modo, me siento como un eslabón de una cadena evolutiva que no está completa, y que aunque me cabree ha asumido como propias actitudes que en el mundo profesional se le atribuyen al género masculino. Soy la encarnación del estereotipo de licenciada, eficiente, adicta al trabajo, fumadora compulsiva, segura de sí misma, realista, malhablada y fuerte, y con un don para cocinar cosas que al final resulto incapaz de comerme hasta yo.

Una mujer, incompleta, como todos, y que al final se siente menos identificada con cualquier personaje femenino y más con el personaje de La Lola de la nueva apuesta de Antena 3 en la sobremesa. Una mujer preparada para comerse un mundo laboral regido por un universo masculino, cuyos logros no son tan logros por venir de quien viene, cuyo virtuosismo en la cocina se reduce a acompañar la comida con un sobre de ketchup, y perdida en lo sentimental por no saber como afrontar desde las hormonas y como mujer una relación, porque se me olvida apuntarlo, y manda cojones la cosa, Lola es un hombre, un tipo machista que se despierta un día convertido en mujer, y deberá sufrir en sus carnes los comportamientos que tanto el, como la sociedad infligían a las mujeres, pasando por experiencias tan dolorosas como el periodo, la depilación, o el enamoramiento.

En fin, Mi madre tiene los ojos grises, y yo como hija que soy y por extensión desagradecida, el color de los míos lo heredé de mi padre.

Alma Baro

Anúnciate aquí

El Olor de las Nubes

“Como quien viaja a lomos de una yegua sombría, por la ciudad camino, no preguntéis adónde. Busco acaso un encuentro que me ilumine el día, y no hallo más que puertas que niegan lo que esconden. Las chimeneas vierten su vómito de humo a un cielo cada vez más lejano y más alto. Por las paredes ocres se desparrama el zumo de una fruta de sangre crecida en el asfalto. Ya el campo estará verde, debe ser Primavera, cruza por mi mirada un tren interminable, el barrio donde habito no es ninguna pradera, desolado paisaje de antenas y de cables”.

La canción de Sabina repiquetea en mi cabeza, una y otra vez… Yo he vivido en mil calles, y no sé si echo de menos alguna, aunque me pregunto como hiciera León de Aranoa si se puede tener melancolía de algo que nunca has tenido. En fin…me quedaré con Isabel Coixet y es que sobrevivir no es lo mismo que sentirse vivo, y la ciudad se ha convertido para la mujer en una enemiga íntima, hostil, que la relega al ámbito privado que parte de esa dicotomía heredada de un orden burgués en el que se nos atribuye el rol del cuidado a la familia, lejos del mercado, en un universo que se mueve por razones económicas, y que reproduce un mundo exterior diseñado para el que a lo largo de los últimos años ha intervenido en este, frente a una mujer que en la formación de las ciudades ha sido invisible, y en las que aparece un modelo diseñado a base de infraestructuras como grandes carreteras, autovías y rotondas que priman dos conceptos el espacio y el tiempo. Sin tener en cuenta otra coordenada, la abocada a la herencia femenina de la construcción simbólica que supone el género, la funcionalidad, es decir aquellos trayectos que le permiten llevar a cabo mas acciones en el menor tiempo, sentenciada a conquistar un espacio publico sin olvidar el privado.
En este sentido, los elementos estructurales de una ciudad son la casa, la calle, las vías de penetración rápidas, la plaza, los edificios públicos, y los límites que la definen, con un crecimiento de estas prácticamente idéntico, construida de manera ajena a nuestros intereses sino que responden a otros especulativos. En este contexto, la mujer se enfrenta además bien por las desigualdades de salario o por tener que contar con una jornada reducida, a viviendas de renta baja y a los espacios más segregados o la periferia, una periferia que es igual en todas partes, y que carece de lugares que sirvan de escenario para establecer relaciones de ocio u afectivas con el otro, en una ciudad que a crecido a pesar de nosotras, ajena a nuestros afectos, y que se han convertido más en sitio de desencuentro que de encuentro, convertidas prácticamente en ciudades dormitorio, en las que se destinan los espacios que sobran para colocar un árbol, y con eso tenemos lo que encima se llama una zona verde, frente a un tiempo en el que las plazas eran un sitio de socialización, de establecimientos de lazos, frente a la hegemonía del vehículo privado y la especulación constructiva, con periferias donde ya no encontramos patios que sirvan de espacios de juego, ni jardines traseros, como mucho terrazas desérticas, adornadas con azulejos y aprovechadas por tendederos. Desaparece el espacio de relación con el otro, y se nos relega bien a nuestra soledad, a recurrir a la televisión, o a internet. La ciudad prescinde de los espacios de relación y ya no encamina al contacto con el otro.  En una construcción que establece la calidad de vida de la sociedad, pero que condiciona de manera más particular a aquel sobre el que recaen más responsabilidades, la mujer.

“… Antes teníamos miedo del bosque. Era el bosque del ogro, del lobo, de la oscuridad. Era el lugar donde podíamos perdernos. Cuando nuestros abuelos nos contaban cuentos, el bosque era el lugar preferido para ocultar trampas, enemigos, angustias…
… En cambio, nos sentíamos seguros entre las casas, en la ciudad, entre los vecinos. Era éste el lugar donde buscábamos a nuestros compañeros y nos encontrábamos para jugar juntos. Era nuestro mundo…
… Todo ha cambiado con el curso de pocas décadas. La ciudad ha perdido sus características, se ha vuelto peligrosa y hostil. El bosque se ha vuelto bello, luminoso, objeto de sueños y deseo; la ciudad se ha vuelto fea, gris, agresiva, peligrosa, monstruosa…
… La ciudad ya no tiene habitantes, ya no tiene personas que viven sus calles, sus espacios: el centro es un lugar para trabajar, comprar, ir a la oficina, pero no para vivir allí; la ciudad ha perdido su vida…
… La ciudad se ha convertido en el bosque de nuestros cuentos…”.

Francesco Tonucci, La ciudad de los niños, 1.997.
En definitiva, soy mujer, y vivo en un lugar que ni me reconoce ni me define, en la que subsisto enfrentada a los elementos ya no de la naturaleza sino de un modelo constructivo que a mí no me sirve, y sigo siendo mujer, aunque pese a lo que me vendan los anuncios de compresas no sepa a que huelen las nubes.

Alma Baro