Casa de cultura o Casa de la cultura…..

A Dionisio Montero

En muchas ocasiones, la lengua, entendamos aquí los conceptos a los que remiten  las palabras y las expresiones que utilizamos, no es más que una cuestión de matices. Lo saben quienes   utilizan el lenguaje no sólo como medio para comunicarse sino también como herramienta de trabajo: escritores, periodistas, publicistas o políticos, por citar sólo algunos gremios. Estos matices son mínimos en la forma, casi insignificantes, y muchas veces pasan desapercibidos, pero no por ello dejan de ser importantes para lo que se quiere decir, hasta el punto de que pueden alterar el sentido de un enunciado y condicionar la interpretación del oyente o del lector. Es claro que esto no se consigue sólo con las palabras en sí mismas, sino con una cuidada selección de términos y expresiones, con los mecanismos que ofrece la lengua y con el espíritu que las palabras arrastran por herencia o por imposición, entre otros. Una palabra en sí misma es un ente frío como la definición que de ella hace el diccionario, pues definir significa delimitar y esa delimitación parece contraria a la riqueza de una lengua. Para que remitan a una verdad, es necesario dotarlas del espíritu del discurso, lo que se produce cuando alguien las dice, esto es, cuando interviene el alma de un ser humano que utiliza esas palabras y les deja su impronta. Su sinceridad, su honestidad o sus intenciones más o menos aviesas, más o menos, no nos engañemos ni nos escandalicemos, manipuladoras.

Que el edificio de ladrillo y hormigón desde el que se ofrece gran parte de la cultura municipal en Chiclana se llame Casa de Cultura y no Casa de la Cultura, como ocurre en otras localidades, no es un capricho de exquisitos ni de culturetas. Aquella denominación fue una pequeña batalla que libró Dionisio Montero, hombre culto, bellísima persona y concejal del área cuando en abril de 1999 se inauguró el edificio que alberga la Casa de Cultura, incluyendo las cada vez más escasas aulas para talleres y las también mermadas salas de exposiciones, así como el Teatro Moderno. Fue una batalla pequeña. No hubo que derramar sangre y ganarla sólo le costó defender un debate dialéctico en el campo de la lógica, del Perogrullo, pero Dionisio reivindicó orgulloso su triunfo como una auténtica conquista, y con amabilidad pero con firmeza corregía a quienes la llamaban Casa de “la” Cultura ennobleciendo el verso de Miguel Hernández: “Tristes armas si no son las palabras”, por concluir la analogía.

Quienes trabajamos allí hemos heredado sin esfuerzo esta denominación. Salvo deslices, que los hay y son inevitables sobre todo cuando se habla, siempre llamamos a la casa de la manera que quiso Dionisio, porque entendemos su espíritu honesto y valiente y porque hemos comprendido el mérito de su reivindicación. Los nuevos funcionarios que se han ido incorporando a lo largo de estos años han aprendido también esa forma y la usan con la fluidez y la naturalidad a que se llega cuando una expresión se establece en un colectivo. A todos nos resulta raro oír Casa de “la” Cultura, porque no es lo mismo y porque sentimos que se refiere a otra cosa o a otra casa.

No sólo es por la cuestión del matiz lingüístico, que, puestos a justificarlo, no deja de ser un sintagma con o sin determinante. De hecho, en muchas localidades, a edificios con fines similares, se les denomina Casa de la Cultura y nadie se rasga las vestiduras. No sólo es porque todos respetamos a Dionisio y su dominio de muchas lenguas, incluida la española, lo que no es corriente. Es por la honestidad y la valentía que esa denominación lleva implícita, y que parte del espíritu que Dionisio le insufló, de su firme posicionamiento ante un “insignificante” artículo y lo que eso dice de su dimensión política. No entraré a valorar su dimensión humana.

He mencionado más arriba dos palabras de esas que se pueden calificar como “palabras grandes”: honestidad y valentía, referidas al campo de la política. Y la denominación de la Casa de Cultura tiene mucho de estos dos conceptos. La denominación y, lógicamente, la realidad a la que remite.

Las instituciones públicas y sus representantes tienen, entre otras, la obligación de prestar servicios a la sociedad, incluidos los servicios culturales. Llamándose como se llama, la Casa de Cultura presta esos servicios sin arrogarse la potestad de ser la única entidad de Chiclana capaz o en disposición de ofrecer cultura. Con la construcción del edificio, el Ayuntamiento de los 90 quiso dar respuesta a una carencia histórica y aberrante para una ciudad que quería ser moderna. Faltaba un espacio para la cultura, un espacio, se entiende, de propiedad y gestión municipal. Y un espacio donde ofrecer actividades culturales. Talleres, exposiciones, obras de teatro, conciertos, libros. Actos de estas características los había, pero no podían desarrollarse en un espacio mínimamente digno. Recuerden los periplos de La Nave del Teatro, por ejemplo, o las condiciones en que se impartían los talleres.

Por otra parte, el edificio se puso, y sigue, a disposición de otros colectivos que quisieran acercar sus propuestas al público, de manera que los actos culturales no se limitaran sólo a lo que propusiera un aparato político, el que fuera. Mientras que otros confundieron indefinido con infinito, y así lo aplicaron a su paso por la política, Dionisio regañó en una ocasión a todo el equipo de trabajadores por haber encargado dos mil tarjetas de visita con su nombre y su cargo a dos meses vista de unas elecciones municipales, hecho del que nadie, salvo él, se había percatado.

Por lo tanto, la cultura que ofrece la Casa de Cultura posee estos valores que tienen su fundamento en su propia denomnación. Primero, que no es la única cultura de Chiclana, ni mucho menos, líbrennos los dioses o los demonios de las administraciones públicas. Segundo, que hay un sinfín de asociaciones, entidades, grupos, particulares que son agentes culturales permanentes o eventuales, que expresan sus inquietudes y que muestran al público sus trabajos. Que por parte de asociaciones no expresamente culturales haya un empeño, en ocasiones sólo cosmético, en hacerlo siempre en el edificio es otro asunto del que mucho habría que hablar y que se enfrenta con la imposibilidad física y material de acoger todos esos actos, por no hablar de lo apropiado que pueda ser o no.

La finalidad de una Casa de Cultura municipal debe ser, además, otra, lo que enlaza con el último argumento que quiero exponer como justificación a la denominación de la Casa de Cultura. No sólo se debe hacer una oferta de actos culturales. Eso convertiría a la cultura en un producto, en el mejor de los casos, de consumo y posterior deshecho, acostumbrados como estamos a usar y tirar; y en el peor, en un reflejo de vanidades personales o políticas, de mercadeo de votos y de promoción siglas o de nombres propios. La Casa de Cultura está en la obligación de crear entre los ciudadanos una actitud y una inquietud frente a la cultura. La Casa de Cultura, como órgano institucional, está en la obligación de estimular, impulsar y formar a los ciudadanos en la cultura con una oferta plural (más que variada) y tan despolitizada como democrática y con las consecuencias que esto pueda acarrear. Criar cuervos, valga la expresión, incluso sabiendo que en un momento determinado puedan volverse contra sus criadores, o lo que es lo mismo, ser una Casa de Cultura, abierta, plural, de calidad, y no una Casa de “la” Cultura, de ninguna en concreto, de ningún color y de ninguna tendencia que no implique un verdadero compromiso con el ciudadano.

El dicho de que la cultura nos hace libres adquiere aquí un valor capital. Pensarlo o decirlo cuando se es usuario de la cultura es un logro que forma parte del aprendizaje. Pero admitirlo, consentirlo y promoverlo desde la posición de quien tiene la responsabilidad política de ofrecer cultura, evidencia una postura valiente y democrática en lo político? administrativo, rara avis. Bien sabía eso Dionisio Montero cuando se empeñó en llamar a la Casa de Cultura de Chiclana de esta manera y no de otra.

José A. Ureba

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Lenguaje Coeducativo

La primera reflexión que habría que plantearse, como premisa o como punto de partida, es si el lenguaje en sí mismo es o no sexista, machista para más señas. Esto es, independientemente del uso que se haga de él, que eso sería otra cuestión. La pregunta no gira en torno al uso del lenguaje sino al lenguaje mismo. Lo que más o menos vendría a ser lo mismo que preguntarse si un trozo de mármol es una buena obra de arte o si un cuchillo de cocina es un asesino.

Lo convencional, lo fácil y lo políticamente correcto, parece ser, es decir que el lenguaje sí es sexista, que sí es machista, para lo que no se necesita ningún argumento, ninguna justificación ni ninguna reflexión. Más aún, si la actual ministra de igualdad, convirtiendo un claro desliz en un principio de actuación, plantea la cuestión de si un término como “miembra”, el famoso “miembra”, debería incluirse en el diccionario. Esa cuestión, como recordarán, no se quedó en una mera anécdota, propiciada por los intentos de buscar un lenguaje igualitario e integrador, sino que en el empeño de la ministra de sostenella y no enmendalla, trascendió a los foros de debate en radios y televisiones y a las columnas de los periódicos, espacios muy frecuentemente habitados por esa especie de clase social, subgénero de “maestros liendre”, que son los tertulianos y acaparadores de opinión, estén o no autorizados, y tengan o no formación en las materias sobre las que debaten. Por suerte, no son ni los políticos en su condición de políticos ni los periodistas como periodistas los encargados de establecer el lenguaje, ni de hacerlo avanzar ni de incluir o eliminar palabras. De eso se encargan los usuarios de la lengua, el uso continuado y extendido de un término, la pura lógica que impone la necesidad del colectivo de hablantes de una lengua y, sobre todo, la realidad que los usuarios tienen ante sus ojos. Y de todo ello, la Real Academia de la Lengua, con la autoridad que le corresponde, se hace eco cuando corresponde. Que cualquiera tenga derecho a decir lo que quiera, es cierto. Pero no es menos cierto que existen unas reglas y que por una pura cuestión de solidaridad en la intercomunicación debemos respetar.

La lengua, el español en este caso, o castellano, tiene una serie de mecanismos de funcionamiento. Eso no lo ha inventado nadie. Esos mecanismos vienen dados por la tradición, por la evolución y por la propia historia de la lengua. En español hay palabras que son de género masculino y palabras que son de género femenino. No sé en qué proporción hay de un género o de otro, no me he parado a contarlas, la verdad. Supongo, es sólo una suposición, que en español hay más palabras de género masculino que femenino porque, al proceder del latín, la gran mayoría de las palabras de género neutro del latín evolucionaron hacia la misma terminación (en -o) que las masculinas. El género de una palabra no es más que un accidente (un accidente gramatical), que, como diría Alex Grijelmo, no tiene consecuencias graves[1]. Al menos para la lengua misma. Y es tan accidental el género, que es imposible deducir si una palabra española como altramuz es masculina o femenina. El género no se puede deducir, no se puede pensar ni razonar. Se sabe o no se sabe, y si no se sabe, se consulta en el diccionario, un ejercicio que está en desuso pero que es muy recomendable. Quien se haya enfrentado al estudio de un idioma como el alemán podrá comprender fácilmente lo que digo. Una palabra, un ejemplo, por no extenderme demasiado, como Tisch, mesa, es masculina para un germano y quien estudia alemán no sólo tiene que estudiar el significado de la palabra, sino el género.

A lo largo de la historia de la Lingüística se ha intentado formular teorías sobre el género. De hecho las hay, pero ninguna de ellas ha sido capaz de dar respuestas válidas y no emplear tantos esfuerzos en explicar la generalidad como en detallar las excepciones. Los lingüistas, los estudiosos autorizados e independientes, coinciden en que el género es una convención. Y la convención no hace sino reflejar la forma en que cada comunidad de hablantes ve el mundo que les rodea. Los hablantes de español de la península decimos “el ordenador” para referirnos a las máquinas que están en las mesas de estudio y en las oficinas. Los hablantes de español de América Latina llaman a la misma máquina “la computadora”. Yo, por mi parte y como primera conclusión, exculpo al lenguaje de toda acusación de sexismo.

Otra cosa distinta es el uso que los hablantes de una lengua le den a esa lengua. Otra cosa es que por muchas razones, históricas, religiosas, sociales, culturales… se hayan establecido fórmulas y expresiones que tiendan a ensalzar a un sexo, el masculino, sobre el otro, el femenino y que esas expresiones se hayan enquistado en la lengua y se usen, unas veces conscientemente, lo que está mal, y otras inconscientemente, lo que está peor. Ese uso sexista de la lengua no sólo lo hay en el español, sino en todas las lenguas. Incluso en el inglés, que es un idioma que carece de género. Porque el sexismo es una cuestión de sexo y no de género, aunque, y ahí radica gran parte del problema y al mismo tiempo de la solución, generalmente se hayan confundido ambos conceptos. Sólo sabiendo esto, que una cosa es el sexo y otra es el género, la ministra de igualdad, y mucha más gente, podría descansar un poco más tranquila, aceptar sus deslices e incluso reírse de ellos.

El uso sexista del lenguaje pasó desapercibido durante una grandísima parte de la historia. No es hasta la década de los ochenta del siglo pasado en que se detectan estos usos incorrectos o inconvenientes, y hacia la mitad de esa década los movimientos feministas empiezan a crear estrategias para combatirlo. Lo primero fue enfrentarse a una regla lingüística universal como es la de la oposición binaria en la que el término no marcado engloba al término positivo, siendo la forma masculina el término no marcado en una oposición de género. Actualmente, en los últimos años, se ha tomado conciencia de los inconvenientes y de las carencias de aquellas primeras recomendaciones[2]. Dicho de otra manera, la lengua ha impuesto su propia lógica. No se puede hipotecar ni la precisión del mensaje que se quiere dar cuando se habla o se escribe, ni un mínimo respeto al rigor no sólo lingüístico, que también, sino estilístico, el mínimo que se requiere para hacer un discurso fluido y sin continuos tropiezos. Duplicar el género (amigos/amigas, compañeros/compañeras, ciudadanos/ciudadanas…) es una solución que se acepta como parte de un proceso, porque va en contra de una norma general y superior de la lengua como es la economía lingüística. Eso, que es algo, una conquista importante, sin duda, y que ha calado en buena parte de la sociedad, no puede ser, sin embargo, el mayor logro que haya alcanzado la lengua para erradicar un uso sexista del lenguaje. Esa no puede ser la mayor victoria. Sería demasiado pobre y demasiado poco. Mucho menos, insertar la arroba al final de cada adjetivo, lo que es una aberración y convierte cualquier escrito o circular en un tratado frío y sin alma como la informática. Todo esto no quiere decir sino que aún estamos en el camino. No hemos llegado al final. La lengua, la lengua española, es lo suficientemente rica como para ofrecer otras posibilidades y desde luego, el pensamiento del ser humano es capaz de mucho más y la realidad que en nuestros días tenemos ante nuestros ojos es mucho más rica y mas compleja que la de hace unas décadas. Y sobre todo, lo más importante, es que la conciencia de que la sociedad la formamos todos y todas tiene que impulsar a crear un lenguaje integrador y no sólo por tener palabras que no discriminen, sino porque sea reflejo de una sociedad realmente integradora, puesto que el lenguaje lo que viene a hacer es reflejar la realidad, ponerle palabras a la realidad. El idioma evolucionará al mismo tiempo que evolucionen las necesidades de la sociedad. Si hay que reinventar el lenguaje se reinventa, si hay que dinamitar fórmulas caducas se dinamitan. Sin complejos y sin contemplaciones.

La educación tiene aquí mucho que decir. De sistemas tradicionales en que los chicos y las chicas estudiaban por separado, cada uno con sus valores, cada uno con miras a su mundo, a un mundo separado del otro, se pasó a una educación mixta. El gran problema de la primera educación mixta, que no lo fue en su época sino ahora, con la perspectiva de los años, fue precisamente que las chicas venían a sumarse al modelo masculino, lo que venía a ser casi peor puesto que no se las integraba, sino que eran absorbidas por ese modelo. Era como decir: todos somos iguales, pero iguales que éstos de aquí. La Coeducación propone un paso más, un paso más del camino, pues parte de la realidad de dos sexos diferentes, busca un desarrollo personal dentro de la comunidad y contempla la construcción de una sociedad común, transversal y no enfrentada. El gran avance de la Coeducación radica en haber reivindicado la diferencia y no la uniformidad, en potenciar la integración, en impulsar el reconocimiento de las diferencias frente al rancio “todos somos iguales” que, por lo demás, nadie se creyó nunca.

La lengua, el lenguaje coeducativo, está obligado a buscar términos integradores, como decíamos antes, conceptos que impliquen una igualdad real con reconocimiento de la multiplicidad, de la diversidad, y no la simple adición de dos sexos como si fueran dos elementos ajenos entre sí y pertenecientes a sociedades distintas. Ese es el reto, que no es poco. Y de eso, el lenguaje tiene que hacerse eco, para lo que está de sobras preparado.

José Antonio Ureba


[1] Alex Grijelmo. La Gramática Descomplicada. Taurus, 2006.

[2] García Meserguer, Álvaro. 2003. El español, una lengua no sexista. Modelo de Equidad de Género. Edit. Instituto Jalisciense de las Mujeres.