Ya disponible el primer número de nuestra revista

Ya disponible el primer número de nuestra revista

Bajo el título de La Conquista de la Cultura, el colectivo Crisálida ha sacado el número cero de la revista que lleva su nombre. En total son 24 páginas en las que el colectivo analiza la cultura desde distintos puntos de vista, que se presentan bajo la portada que ilustra el oleo sobre tela de María del Carmen Martín “Siglo XXI”. Este primer volumen cuenta con la participación de Alma Baro, Ángela Ureba, José Antonio Ureba, Mª Soledad Gómez, Manuela Casal Alba, así como el tendedero y el taller de poesía de Dolors Alberola. Todo ello en un trabajo que ha sido ilustrado por Mª Carmen Martín y que cuenta con la fotografía de Juana Mª Montiel, y la maquetación de Manuel Romero.

Ilustración en la portada

“Siglo XXI”

Óleo sobre tela 1’20 x 90

Mª del Carmen Martín Gómez.

En Interior:

Ilustraciones Mª Carmen Martín Gómez.

Fotografías Juana Mª Montiel Rodríguez.

Maquetación: Manuel Romero Orta.

EQUIPO:

Grupo “Crisálida”

Ilustración en la portada

“Siglo XXI”

Óleo sobre tela 1’20 x 90

Mª del Carmen Martín Gómez.

En Interior:

Ilustraciones Mª Carmen Martín Gómez.

Fotografías Juana Mª Montiel Rodríguez.

Maquetación: Manuel Romero Orta.

EQUIPO:

Grupo “Crisálida”

Alma Baro Cálciz.

Ángela Ureba Manzano.

José Antonio Ureba Manzano.

Mª Soledad Gómez Sánchez.

Manuel Romero Orta.

Manuela Casal Alba.

En fin, no te lo pienses y sino tuviste la oportunidad de acceder a ella, puedes verla ahora en formato PDF y disfrutarla en nuestra pagina web.

Revista de Crisálida, Primera edición. PDF Leela aqui.

Grupo Crisálida.

Anúnciate aquí

Casa de cultura o Casa de la cultura…..

A Dionisio Montero

En muchas ocasiones, la lengua, entendamos aquí los conceptos a los que remiten  las palabras y las expresiones que utilizamos, no es más que una cuestión de matices. Lo saben quienes   utilizan el lenguaje no sólo como medio para comunicarse sino también como herramienta de trabajo: escritores, periodistas, publicistas o políticos, por citar sólo algunos gremios. Estos matices son mínimos en la forma, casi insignificantes, y muchas veces pasan desapercibidos, pero no por ello dejan de ser importantes para lo que se quiere decir, hasta el punto de que pueden alterar el sentido de un enunciado y condicionar la interpretación del oyente o del lector. Es claro que esto no se consigue sólo con las palabras en sí mismas, sino con una cuidada selección de términos y expresiones, con los mecanismos que ofrece la lengua y con el espíritu que las palabras arrastran por herencia o por imposición, entre otros. Una palabra en sí misma es un ente frío como la definición que de ella hace el diccionario, pues definir significa delimitar y esa delimitación parece contraria a la riqueza de una lengua. Para que remitan a una verdad, es necesario dotarlas del espíritu del discurso, lo que se produce cuando alguien las dice, esto es, cuando interviene el alma de un ser humano que utiliza esas palabras y les deja su impronta. Su sinceridad, su honestidad o sus intenciones más o menos aviesas, más o menos, no nos engañemos ni nos escandalicemos, manipuladoras.

Que el edificio de ladrillo y hormigón desde el que se ofrece gran parte de la cultura municipal en Chiclana se llame Casa de Cultura y no Casa de la Cultura, como ocurre en otras localidades, no es un capricho de exquisitos ni de culturetas. Aquella denominación fue una pequeña batalla que libró Dionisio Montero, hombre culto, bellísima persona y concejal del área cuando en abril de 1999 se inauguró el edificio que alberga la Casa de Cultura, incluyendo las cada vez más escasas aulas para talleres y las también mermadas salas de exposiciones, así como el Teatro Moderno. Fue una batalla pequeña. No hubo que derramar sangre y ganarla sólo le costó defender un debate dialéctico en el campo de la lógica, del Perogrullo, pero Dionisio reivindicó orgulloso su triunfo como una auténtica conquista, y con amabilidad pero con firmeza corregía a quienes la llamaban Casa de “la” Cultura ennobleciendo el verso de Miguel Hernández: “Tristes armas si no son las palabras”, por concluir la analogía.

Quienes trabajamos allí hemos heredado sin esfuerzo esta denominación. Salvo deslices, que los hay y son inevitables sobre todo cuando se habla, siempre llamamos a la casa de la manera que quiso Dionisio, porque entendemos su espíritu honesto y valiente y porque hemos comprendido el mérito de su reivindicación. Los nuevos funcionarios que se han ido incorporando a lo largo de estos años han aprendido también esa forma y la usan con la fluidez y la naturalidad a que se llega cuando una expresión se establece en un colectivo. A todos nos resulta raro oír Casa de “la” Cultura, porque no es lo mismo y porque sentimos que se refiere a otra cosa o a otra casa.

No sólo es por la cuestión del matiz lingüístico, que, puestos a justificarlo, no deja de ser un sintagma con o sin determinante. De hecho, en muchas localidades, a edificios con fines similares, se les denomina Casa de la Cultura y nadie se rasga las vestiduras. No sólo es porque todos respetamos a Dionisio y su dominio de muchas lenguas, incluida la española, lo que no es corriente. Es por la honestidad y la valentía que esa denominación lleva implícita, y que parte del espíritu que Dionisio le insufló, de su firme posicionamiento ante un “insignificante” artículo y lo que eso dice de su dimensión política. No entraré a valorar su dimensión humana.

He mencionado más arriba dos palabras de esas que se pueden calificar como “palabras grandes”: honestidad y valentía, referidas al campo de la política. Y la denominación de la Casa de Cultura tiene mucho de estos dos conceptos. La denominación y, lógicamente, la realidad a la que remite.

Las instituciones públicas y sus representantes tienen, entre otras, la obligación de prestar servicios a la sociedad, incluidos los servicios culturales. Llamándose como se llama, la Casa de Cultura presta esos servicios sin arrogarse la potestad de ser la única entidad de Chiclana capaz o en disposición de ofrecer cultura. Con la construcción del edificio, el Ayuntamiento de los 90 quiso dar respuesta a una carencia histórica y aberrante para una ciudad que quería ser moderna. Faltaba un espacio para la cultura, un espacio, se entiende, de propiedad y gestión municipal. Y un espacio donde ofrecer actividades culturales. Talleres, exposiciones, obras de teatro, conciertos, libros. Actos de estas características los había, pero no podían desarrollarse en un espacio mínimamente digno. Recuerden los periplos de La Nave del Teatro, por ejemplo, o las condiciones en que se impartían los talleres.

Por otra parte, el edificio se puso, y sigue, a disposición de otros colectivos que quisieran acercar sus propuestas al público, de manera que los actos culturales no se limitaran sólo a lo que propusiera un aparato político, el que fuera. Mientras que otros confundieron indefinido con infinito, y así lo aplicaron a su paso por la política, Dionisio regañó en una ocasión a todo el equipo de trabajadores por haber encargado dos mil tarjetas de visita con su nombre y su cargo a dos meses vista de unas elecciones municipales, hecho del que nadie, salvo él, se había percatado.

Por lo tanto, la cultura que ofrece la Casa de Cultura posee estos valores que tienen su fundamento en su propia denomnación. Primero, que no es la única cultura de Chiclana, ni mucho menos, líbrennos los dioses o los demonios de las administraciones públicas. Segundo, que hay un sinfín de asociaciones, entidades, grupos, particulares que son agentes culturales permanentes o eventuales, que expresan sus inquietudes y que muestran al público sus trabajos. Que por parte de asociaciones no expresamente culturales haya un empeño, en ocasiones sólo cosmético, en hacerlo siempre en el edificio es otro asunto del que mucho habría que hablar y que se enfrenta con la imposibilidad física y material de acoger todos esos actos, por no hablar de lo apropiado que pueda ser o no.

La finalidad de una Casa de Cultura municipal debe ser, además, otra, lo que enlaza con el último argumento que quiero exponer como justificación a la denominación de la Casa de Cultura. No sólo se debe hacer una oferta de actos culturales. Eso convertiría a la cultura en un producto, en el mejor de los casos, de consumo y posterior deshecho, acostumbrados como estamos a usar y tirar; y en el peor, en un reflejo de vanidades personales o políticas, de mercadeo de votos y de promoción siglas o de nombres propios. La Casa de Cultura está en la obligación de crear entre los ciudadanos una actitud y una inquietud frente a la cultura. La Casa de Cultura, como órgano institucional, está en la obligación de estimular, impulsar y formar a los ciudadanos en la cultura con una oferta plural (más que variada) y tan despolitizada como democrática y con las consecuencias que esto pueda acarrear. Criar cuervos, valga la expresión, incluso sabiendo que en un momento determinado puedan volverse contra sus criadores, o lo que es lo mismo, ser una Casa de Cultura, abierta, plural, de calidad, y no una Casa de “la” Cultura, de ninguna en concreto, de ningún color y de ninguna tendencia que no implique un verdadero compromiso con el ciudadano.

El dicho de que la cultura nos hace libres adquiere aquí un valor capital. Pensarlo o decirlo cuando se es usuario de la cultura es un logro que forma parte del aprendizaje. Pero admitirlo, consentirlo y promoverlo desde la posición de quien tiene la responsabilidad política de ofrecer cultura, evidencia una postura valiente y democrática en lo político? administrativo, rara avis. Bien sabía eso Dionisio Montero cuando se empeñó en llamar a la Casa de Cultura de Chiclana de esta manera y no de otra.

José A. Ureba